Por Dra. Vaia Siapka (Ginecóloga colegiada - 030314546).
Las hormonas sexuales juegan un papel muy importante, casi imprescindible, para el correcto funcionamiento del sistema reproductor. Existen muchos tipos de hormonas que influyen en mayor o menor medida en el proceso. Y, entre ellas, los andrógenos, como la testosterona, la androstenediona o la dehidroepiandrosterona (DHEA), que contribuyen al desarrollo de los caracteres sexuales, la producción de gametos y el mantenimiento del deseo sexual.
El problema llega cuando se encuentran en el organismo por encima de niveles normales, dando lugar a una alteración conocida como hiperandrogenismo. Esta condición puede afectar directamente a la fertilidad, tanto en hombres como en mujeres.
De hecho, aunque suele asociarse principalmente a las mujeres, los hombres también pueden presentar desequilibrios en los niveles de estas hormonas, con consecuencias distintas según el caso.
Los signos más visibles en las mujeres son:
Por su parte, en los hombres este exceso de hormonas andrógenas puede alterar la función testicular, afectar a la calidad espermática o, incluso, modificar el deseo sexual. En ambos casos, el desequilibrio hormonal repercute en la capacidad del sistema reproductor para mantener su funcionamiento normal.
Pueden ser muy variadas, aunque en el caso de las mujeres en edad fértil, la más habitual suele ser:
En el caso de los hombres, sin embargo, suele deberse principalmente al uso exógeno de testosterona o esteroides anabolizantes, empleados con fines deportivos o estéticos, que elevan artificialmente los niveles hormonales y alteran el equilibrio del eje hormonal.

Aunque también pueden encontrarse tumores productores de andrógenos, tanto testiculares como suprarrenales, que generan un aumento brusco de la testosterona. Y, en menor medida, puede estar ocasionado por trastornos congénitos como la hiperplasia suprarrenal o alteraciones metabólicas asociadas a la obesidad y la resistencia a la insulina.
Desde el punto de vista médico, hay que distinguir entre hiperandrogenismo clínico (cuando existen signos visibles o síntomas característicos) y bioquímico (cuando el exceso hormonal se detecta únicamente en los análisis de laboratorio).
El diagnóstico requiere una evaluación completa que incluye historia clínica, exploración física y pruebas hormonales específicas. A menudo se realizan ecografías o estudios de imagen para descartar alteraciones ováricas o suprarrenales.
El tratamiento del hiperandrogenismo depende de la causa y de las manifestaciones que se produzcan en el cuerpo. En mujeres, los tratamientos suelen centrarse en regular el ciclo menstrual y reducir los efectos del exceso de andrógenos mediante anticonceptivos orales, antiandrógenos o medicamentos sensibilizadores de la insulina. En los hombres, por su parte, se busca restablecer el equilibrio hormonal y, si existe infertilidad, mejorar la calidad espermática con terapias específicas.
En general, adoptar hábitos saludables, como mantener un peso adecuado, hacer ejercicio o controlar el estrés, suele ser una parte fundamental para favorecer la estabilidad hormonal.
Cuando existe hiperandrogenismo y no se trata, puede tener un impacto importante en la fertilidad, especialmente en las mujeres. Y es que un exceso de andrógenos puede interferir en la maduración de los folículos ováricos, impedir la ovulación e, incluso, alterar el ciclo menstrual, reduciendo así las posibilidades de concebir de manera natural.
En el caso de los hombres, aunque es menos frecuente, los niveles elevados de estas hormonas pueden afectar a la producción de espermatozoides y la función testicular, lo que también compromete la fertilidad.
Por esta razón, identificar y tratar a tiempo este desequilibrio es esencial para mejorar el pronóstico reproductivo. Con un seguimiento adecuado y el tratamiento correcto, la mayoría de los pacientes con hiperandrogenismo puede recuperar un funcionamiento hormonal normal y aumentar sus opciones de conseguir un embarazo.