Por Dra. Victoria Verdú (Ginecóloga colegiada N.º 282847366).
El síndrome antifosfolípido es una de esas patologías poco conocidas que, sin embargo, pueden tener un impacto directo en la fertilidad y en la evolución del embarazo. Se trata de un trastorno autoinmune en el que el organismo produce anticuerpos contra determinados componentes de las membranas celulares, los fosfolípidos, alterando los mecanismos normales de coagulación de la sangre.
Este síndrome está asociado a dificultades para conseguir un embarazo, pero también a complicaciones durante la gestación, por lo que identificarlo correctamente puede ayudar a plantear estrategias médicas que mejoren el pronóstico reproductivo.
El síndrome antifosfolípido, también conocido como SAF, se caracteriza por la presencia de anticuerpos antifosfolípidos en sangre, principalmente el anticoagulante lúpico, los anticuerpos anticardiolipina y los anti-beta 2 glicoproteína I. Estos anticuerpos favorecen la formación de trombos y alteran la circulación sanguínea.
El SAF puede pasar desapercibido durante años en muchas personas, ya que no siempre provoca síntomas evidentes. Normalmente se diagnostica cuando una mujer está buscando un embarazo y sufre abortos de repetición, fallos de implantación o complicaciones cuando han conseguido el embarazo.
De hecho, el principal problema del síndrome antifosfolípido está relacionado con la implantación embrionaria y el desarrollo temprano del embarazo. La formación de microtrombos en los vasos sanguíneos del endometrio y de la placenta puede complicar que el embrión se implante correctamente o que reciba el aporte adecuado de oxígeno y nutrientes en las primeras semanas. Por eso, el SAF afecta especialmente en el primer trimestre, aunque también puede estar implicado en pérdidas gestacionales más avanzadas, preeclampsia o restricción del crecimiento fetal.
El síndrome antifosfolípido también puede estar detrás de algunos casos de fallo repetido de implantación en tratamientos de fecundación in vitro. En estas situaciones, la calidad embrionaria suele ser adecuada, pero el embrión no logra implantarse de forma estable en el útero.
Ante este tipo de antecedentes, es necesario llevar a cabo un estudio inmunológico y hematológico para detectar la presencia de anticuerpos antifosfolípidos, lo que permite al equipo médico ajustar el tratamiento y reducir los riesgos asociados al proceso reproductivo.

El diagnóstico del síndrome antifosfolípido se basa en la combinación de criterios clínicos y analíticos. En el ámbito reproductivo, se suele sospechar ante la presencia de abortos de repetición, pérdidas fetales inexplicadas o fallos de implantación sin causa aparente.
El diagnóstico del síndrome antifosfolipídico (SAF) requiere la combinación de al menos un criterio clínico (trombosis vascular o complicaciones obstétricas) y un criterio de laboratorio (anticuerpos antifosfolípidos positivos). En este sentido, se entiende como complicaciones obstétricas relacionadas con SAF:
La confirmación del diagnóstico de laboratorio requiere la detección de anticuerpos antifosfolípidos en al menos dos determinaciones separadas en el tiempo, ya que su presencia debe ser persistente para establecer el diagnóstico. A pesar de no cumplir todos los criterios diagnósticos, la presencia de alguno de ellos puede dificultar la consecución de un embarazo. Por este motivo, es fundamental una evaluación médica rigurosa y personalizada.
Aunque el síndrome antifosfolípido no tiene cura, conocer de su existencia e intentar controlarlo permite mejorar las probabilidades de conseguir un embarazo. El tratamiento más habitual combina fármacos anticoagulantes y antiagregantes, como la heparina de bajo peso molecular y el ácido acetilsalicílico a dosis bajas, siempre bajo supervisión médica.
De esta forma, se ayuda al cuerpo a mejorar la circulación sanguínea a nivel uterino y placentario, favoreciendo la implantación embrionaria y el desarrollo del embarazo. En mujeres que recurren a técnicas de reproducción asistida, el tratamiento se adapta al momento del ciclo y al tipo de procedimiento realizado.
La presencia de un síndrome antifosfolípido no impide, por sí sola, lograr un embarazo ni tener un bebé sano. Por eso es tan importante un diagnóstico temprano que permita realizar un seguimiento estrecho de la enfermedad. Muchas mujeres con SAF consiguen quedarse embarazadas, pero no solo a través de tratamientos de reproducción asistida, sino también de forma natural.
El síndrome antifosfolípido es un buen ejemplo de cómo determinadas alteraciones del sistema inmunitario pueden influir en la fertilidad sin dar síntomas claros. Por ello, ante antecedentes reproductivos complejos, contar con una evaluación especializada e individualizada puede marcar una diferencia importante.