Por Dra. María José Iñarra Velasco (Ginecóloga colegiada - 202007003).
La receptividad endometrial es la capacidad del endometrio para permitir que un embrión se adhiera e implante en su superficie. Es una condición temporal, influenciada por múltiples factores hormonales, inmunológicos y moleculares.
Cuando hablamos reproducción asistida solemos centrarnos en aspectos como la calidad de los óvulos, los espermatozoides, o en la viabilidad del embrión. Pero muchas veces olvidamos una pieza fundamental: el endometrio. Este tejido que recubre el interior del útero juega un papel esencial en el proceso de implantación y, por tanto, en la posibilidad de conseguir un embarazo.
El endometrio es una capa mucosa que recubre internamente el útero y su función principal es prepararse cada mes para recibir un embrión en caso de que se produzca la fecundación. Es un tejido muy sensible a los cambios hormonales y se renueva de forma constante.
Por eso, si no se produce la implantación de un embrión, el endometrio se descama y se elimina con la menstruación, y cuando sí se produce la fecundación, este tejido se convierte en el soporte esencial para el desarrollo del embarazo en sus primeras etapas. De ahí que su estado sea importante cuando se intenta concebir, especialmente en el contexto de la reproducción asistida.

El endometrio atraviesa diferentes fases, todas ellas determinadas por las variaciones hormonales que se producen mes a mes. Al principio del ciclo, tras la menstruación, el endometrio comienza a regenerarse por el efecto de los estrógenos. Esta fase se conoce como fase proliferativa, y se caracteriza por el crecimiento del tejido, que se va engrosando y adquiriendo una estructura más organizada.
Después de la ovulación, la progesterona toma el control y el endometrio entra en la fase secretora. Durante esta etapa, el tejido se vuelve más espeso, con una disposición celular especial, aumenta la vascularización y se producen una serie de secreciones que lo hacen más apto para acoger un embrión.
Si finalmente no se lleva a cabo el embarazo, la producción hormonal desciende y el endometrio se desprende, dando lugar a la menstruación.
La prueba más común para conocer el estado del endometrio es la ecografía transvaginal, que permite observar su grosor y su estructura. Se considera que un endometrio receptivo debe tener un grosor mínimo de 7 milímetros y una apariencia trilaminar, que indica una buena preparación. En otros casos se puede realizar un estudio Doppler para valorar el flujo sanguíneo, ya que una buena irrigación contribuye a una mayor probabilidad de implantación.
Cuando hay antecedentes de fallos repetidos o sospecha de anomalías, puede indicarse una biopsia endometrial con una pequeña muestra del tejido para analizarla. Esta prueba permite detectar posibles inflamaciones crónicas, como la endometritis, que a menudo no presentan síntomas, pero pueden dificultar la implantación, alteraciones inmunológicas o, incluso, alteraciones de la microbiota.
Además, en los últimos años se ha desarrollado el test ERA, una prueba que analiza la expresión genética del endometrio para identificar con precisión el momento de mayor receptividad, también conocido como ventana de implantación. Esta herramienta permite ajustar el día exacto en que debe realizarse la transferencia embrionaria, aumentando así las posibilidades de éxito.

Que se lleve a cabo de forma correcta la implantación embrionaria en el útero es un proceso muy complejo que requiere de una sincronización perfecta entre el embrión y el endometrio. No es suficiente con que el embrión sea de buena calidad. Es imprescindible que llegue al útero en el momento en que el endometrio esté preparado para recibirlo.
Este momento se conoce como ventana de implantación y, en mujeres con ciclos regulares, suele situarse entre los días 19 y 21 del ciclo. Si la transferencia embrionaria se realiza fuera de esta ventana, aunque el embrión sea viable, es posible que no logre implantarse, ya que el entorno uterino no estará preparado de forma adecuada. Por eso, en los tratamientos de fertilidad se pone tanto énfasis en conocer bien el estado del endometrio y programar la transferencia en el momento óptimo.
Durante la ventana de implantación, el endometrio expresa una serie de genes y proteínas que facilitan la interacción con el embrión. Sin esa “activación” específica, el endometrio no podrá cumplir su función adecuadamente, y la implantación no se producirá.
En algunas mujeres, esta ventana puede estar desplazada o alterada, lo que hace que el momento habitual para la transferencia no coincida con su verdadera receptividad. De ahí que la personalización del tratamiento sea tan importante, especialmente cuando hay antecedentes de fallos de implantación sin causa aparente.
Por esta razón, en los tratamientos de fertilidad es fundamental conocer el estado del endometrio y su receptividad. A lo largo del ciclo, los especialistas pueden monitorizar su evolución con ecografías y controles hormonales, y deciden el mejor momento para realizar la transferencia embrionaria.
Sí, en muchos casos es posible mejorar la receptividad endometrial y, generalmente, se necesita un enfoque integral. Es muy importante asegurar que la respuesta a la medicación hormonal sea adecuada y que la preparación del endometrio esté bien sincronizada con la transferencia embrionaria.
A veces, abordar una inflamación o infección puede suponer una gran diferencia, igual que adoptar hábitos de vida más saludables. Mantener un estilo de vida equilibrado, evitar el tabaco, reducir el estrés y seguir una dieta nutritiva puede tener un efecto positivo en la salud del endometrio.
También existen suplementos o tratamientos específicos que pueden ser útiles, dependiendo de cada situación. En resumen, cada paciente es único, y personalizar el tratamiento según sus necesidades es lo que realmente puede aumentar las posibilidades de éxito.