Por Dr. Llanos Medrano.
En reproducción asistida existen muchos términos que pueden ser más o menos conocidos. Todos hemos oído hablar (en mayor o menor medida), por ejemplo, del embrión o del endometrio. Pero hay otros “actores” que no por ser menos conocidos son menos importantes. Es el caso del blastocisto, una fase natural y fundamental del desarrollo embrionario, cuya comprensión resulta esencial para entender por qué hoy los tratamientos de fertilidad alcanzan tasas de éxito cada vez más elevadas.
El espermatozoide es el encargado de fecundar al óvulo, dando lugar a lo que conocemos como embrión, que comienza a dividirse y multiplicar sus células en los primeros días de vida. Y alrededor del quinto o sexto día, el embrión alcanza un punto crucial en su desarrollo: la fase de blastocisto. En este momento, el embrión ya ha pasado de ser un conjunto de células similares entre sí a una estructura organizada, con distintos tipos celulares y funciones diferenciadas.
El blastocisto está compuesto por dos partes principales. Por un lado, la masa celular interna, que dará origen al futuro bebé, y por otro, el trofoectodermo, que formará la placenta y las membranas que protegerán al embrión. Entre estas dos partes se encuentra una cavidad llena de líquido, conocida como blastocele, que le da esa característica forma esférica. Es precisamente en esta etapa cuando el embrión se prepara para la implantación en el útero.

A menudo se tiende a usar los términos embrión y blastocisto como si fueran sinónimos, aunque no lo son del todo. La realidad es que el blastocisto representa una fase más avanzada y compleja del desarrollo embrionario. En los primeros días tras la fecundación, el embrión es aún un cúmulo de pocas células idénticas, sin una estructura definida. En cambio, cuando alcanza el estado de blastocisto, ya se ha producido la primera gran diferenciación celular, un paso esencial que refleja su mayor capacidad potencial para implantarse y desarrollarse con éxito.
De hecho, esta diferencia tiene importantes implicaciones clínicas. Y en muchas ocasiones sirve para descartar en laboratorio determinados embriones porque los embriólogos pueden identificar cuáles poseen mayor potencial para dar lugar a un embarazo, aunque esto no garantiza el resultado de forma absoluta.
La evolución de la tecnología ha permitido a los laboratorios contar con nuevas herramientas que mejoran el cultivo de embriones hasta el estadio de blastocisto y la selección de los embriones más viables. Estos sistemas de observación avanzados, como las incubadoras con tecnología time-lapse, permiten registrar en tiempo real el desarrollo de cada embrión sin necesidad de sacarlo del entorno controlado.
De forma paralela, el uso de inteligencia artificial en el análisis de imágenes embrionarias está abriendo nuevas vías para mejorar la precisión en la selección. Estas herramientas permiten a los especialistas basar sus decisiones en criterios objetivos y reproducibles, lo que podría traducirse en una selección más precisa y, en algunos casos, en mejores tasas de implantación y embarazo.

Es importante tener claro que no todos los embriones alcanzan la fase de blastocisto, y este hecho es completamente normal. De los óvulos fecundados en un ciclo de FIV, solo entre un 30% y un 50% llega a este estadio, aunque este porcentaje puede variar según la edad materna, la calidad de los óvulos y otros factores clínicos, debido principalmente a que el desarrollo embrionario es un proceso muy exigente y solo los embriones con una dotación genética y metabólica equilibrada pueden avanzar hasta el quinto o sexto día.
Por esta razón, la decisión de llevar a cabo un cultivo a blastocisto depende de las características de cada caso, como el número de óvulos obtenidos, su calidad, la edad materna o el historial reproductivo. Todos estos factores se valoran por parte del equipo médico antes de optar por esta estrategia.
La transferencia de embriones que han alcanzado la fase de blastocisto ofrece ventajas muy claras en un proceso de reproducción asistida. En estos casos se produce una mayor sincronía con el endometrio, ya que la transferencia se realiza en el mismo momento en que, de manera natural, un embrión se implantaría en el útero. Además, como estos embriones ya han superado con éxito los primeros días de desarrollo, suelen mostrar un potencial biológico superior, lo que permite transferir menos embriones y reducir el riesgo de embarazos múltiples.
Otra de las ventajas que ofrece el cultivo a blastocisto es que facilita una mejor selección. El equipo de embriólogos puede observar su evolución a lo largo de varios días y valorar con más precisión cuáles son los más aptos para transferir o congelar para su uso posterior. Gracias a estas técnicas, la planificación de los tratamientos se vuelve más flexible y pueden mejorar las posibilidades de éxito del tratamiento.
El trabajo con blastocistos ha supuesto un cambio profundo en la reproducción asistida. Frente a las transferencias que se realizaban en etapas más tempranas, la posibilidad de observar el desarrollo embrionario hasta el día 5 o 6 ha permitido comprender mejor los mecanismos de selección natural que se dan en el laboratorio y reproducirlos de forma controlada.
Hoy, los blastocistos representan no solo una fase biológica del embrión, sino también una herramienta médica clave que permite personalizar los tratamientos de fertilidad y optimizar las probabilidades de implantación y embarazo.